No sólo retrata paisajes, también atrapa la nostalgia e identidad del norte en cada trazo. Arquitecto de profesión, pero artista por destino, su historia de resiliencia y perseverancia hoy inspira a otros artistas que aún no deciden seguir su pasión. A través de sus obras, ha logrado documentar la sensibilidad de su región que a menudo es olvidada.
Ya sea en obras a lápiz o derechamente pinturas al óleo, Mella convierte el patrimonio regional en piezas únicas que hacen vibrar a los antofagastinos.
Su última exposición fue montada en las Salas de Artes de la Fundación Minera Escondida (FME), tanto en Antofagasta como en San Pedro de Atacama. Exposición conjunta que fue realizada con la artista Alicia Guzmán. Allí presentaron “Más que una ruta en el norte”, realizando nuevamente el patrimonio antofagastino.
¿Cómo fue su transición desde la arquitectura hacia el mundo de las artes?
De chiquitito siempre era muy grato usar cosas plásticas o dibujar, me llamaba mucho la atención dibujar de revistas. Mi familia era de artistas, mi papá, músico, quería que yo fuera músico también. Y claro, yo no era músico, intenté serlo a través de lo que él me enseñaba, pero lo que sí me quedó de eso es como la sensibilidad por la música o escucharla. En la universidad, un día vi un compañero que tenía una carpeta de Nastassja Kinski (actriz), me llamaba mucho la atención la hermosura de ella y pedí la carpeta para poder hacer un retrato. Con lápices de colores lo hice y me gustó mucho; esa fue la primera vez que yo sentí que había hecho algo que tenía mucho valor.

¿En qué momento el óleo se convirtió en su herramienta principal para retratar la zona?
Cuando tuve mi primer restaurante, hice una serie de dibujos de Antofagasta para ornamentar y esos dibujos tuvieron mucho éxito. Después mi pareja me dijo: “Jorge, tú tienes que pintar”. Hice mi primera pintura en serio que fue de Chacabuco, me demoré mucho porque no sabía pintar, además que era tela. Cuando terminé la pintura, descubrí que la técnica era muy entretenida; era una técnica muy dúctil que permitía los errores. Para mí el óleo era distinto porque podía no dibujar, sino que podía manchar para generar una pintura donde yo iba perfeccionando esos bordes o los detalles. Desde ahí en adelante solamente pinté.
¿Considera su trabajo como un ejercicio de rescate histórico de la región?
De todas maneras, en el momento en que dibujé rincones reconocibles de la región para el restaurante, la gente entraba más a ver las pinturas que a comer. Me apasiona mucho la región, la salitrera sobre todo. Para mí es muy importante encontrar algún vestigio y tratar de pintarlo para llevarlo casi a un documento histórico. Dejarlo plasmados porque son cosas que se están perdiendo. Yo no me puedo traer esas cosas obviamente, pero lo plasmo en una pintura, genero una lectura de lo que veo y le agrego valor, eso para mí es un documento histórico y parte del patrimonio.
¿Cómo valora su éxito internacional v/s su éxito local?
La pandemia fue un recurso de alguna forma de mostrarme al exterior. Se abrieron posibilidades en Santiago, Estados Unidos, España, México y Uruguay. Gané concursos y entrevistas, pero creo que es más importante mostrarse en tu entorno inmediato, Antofagasta, donde tú recibes el cariño de la gente. En la Universidad Católica del Norte, donde he desarrollado muestras individuales, el hecho de mostrar arte, hablar de arte e interactuar con los grupos de colegios es muy importante, creo que es un valor que a veces la gente no considera, pero yo sí. Pintar para mí es lo más importante.




