Jimena Silva y su mundo de colores

Fotografías cedidas por:

Claudio Araya Silva

Color, mucho color por todas partes. Así es la vida de la pintora Jimena Silva Segovia, quien tras jubilarse hace dos años como académica de la Universidad Católica del Norte en Antofagasta decidió retornar a un viejo amor: la ciudad boliviana de Cochabamba, donde tiene recuerdos imborrables de su juventud al ser su familia refugiada política.

Y es aquí donde ha dado rienda suelta a esa pasión que siempre estuvo presente en su vida, pero que explotó como una bomba durante la pandemia, en que admite que pintaba todo lo que encontraba a su paso, desde vasos, platos, lámparas, botellas, hasta sus llamativos cuadros, siempre capturando la atención, ya sea por su colorido o temáticas.

Esta pasión por la pintura la lleva en la sangre gracias a su padre (el recordado pintor Osvaldo Silva) y eso también lo demuestra en su actitud, ante la vida, sobre todo al exponer sus puntos de vista y en la defensa de los derechos de las mujeres.

A su reconocida trayectoria de académica con investigaciones y publicaciones, Jimena Silva es también escritora, pintora, psicóloga social y una abuela que cada dos años regresa a Antofagasta para ver a los suyos, en un viaje que la carga de energía al ver el mar infinito, una de sus permanentes fuentes de inspiración junto con el desierto indómito.

PANDEMIA

¿Cómo la pandemia gatilló esta explosión de colores?

El encierro desató ese deseo de producir formas y colores. Si bien en Cochabamba tuve mi primer trabajo pagado haciendo ilustraciones y afiches, la pandemia fue un periodo de encierro en que los gatos y la ventana que tenía hacia el mar fueron mis salvavidas, y es ahí donde fui perfeccionando y descubriendo mi estilo en la pintura.

¿Qué heredó de su papá?

La disciplina, mi padre pintaba todos los días, podía demorarse un mes, pero era sagrado estar frente a su lienzo o madero. El tenía mucha escena política en su pintura y la preocupación social, mientras por mi parte está esa preocupación, pero dirigida a las mujeres y la defensa de sus derechos. Antes lo hice en la academia y ahora en la pintura.

¿Cómo son sus procesos de inspiración?

Al principio, pintaba todos los días durante la pandemia como proyección sicológica, ya que mi pintura es surrealista y mitológica, con características de fantasía lúdica. Después de la pandemia, tuve una pausa y después volví atrapada con los colores, desde poleras hasta las lámparas. Era una necesidad de no parar.

¿Cuáles son sus colores favoritos?

El uso del color da vida, vitalidad, fuerza. El magenta, el verde (…) uso mucho color que si lo mueves te da tonalidades metálicas, está el juego de las mutaciones de colores que van terminando en otros. Los azules y rojos intensos dan otra mirada. De hecho, mi última pintura predominan los rojos intensos, profundos, pero sin ser violentos. Como el fondo del mar que yo me imaginé, porque no creo que sea así (ríe).

¿Qué significa la pintura en su vida?

Es una ventana hacia otros mundos, porque la realidad política que nos rodea siempre está presente y no me puedo abstraer a eso. Es decir, busco escenas amorosas, dulces y mágicas, de pensarnos libre y autónomas, de deidades poderosas… Y eso lo tengo mucho en mis pinturas que traen elementos del fondo del mar.

Así sigue la vida para esta multifacética artista, quien ya promete una nueva visita a su tierra desde su amada Cochabamba, pero aún deberá esperar un par de meses. Por mientras, su mundo sigue girando en torno a su “jardín de colores”

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