Los “tesoros del desierto” de Andrea Tapia

Fotografías cedidas por:

Andrea Tapia Jara

Hay paisajes que se contemplan y otros que, silenciosamente, terminan habitándonos. Para Andrea Tapia Jara, el desierto de Atacama pertenece a esta segunda categoría. Nacida y criada en Antofagasta, su relación con el territorio comenzó mucho antes de la pintura: en los recuerdos familiares, los veranos junto al mar y una sensibilidad que, con los años, encontraría una nueva forma de expresión.

Uno de sus primeros encuentros conscientes con el arte ocurrió cuando tenía cerca de nueve años. Sus padres visitaron el taller del artista antofagastino Osvaldo Ventura y le permitieron escoger una de sus obras. “Una de las pinturas me fascinó, sentí que me transportaba a otro lugar”, recuerda. La conserva hasta hoy. Sin embargo, la pintura tardaría muchos años en aflorar como una necesidad propia.

A fines de 2012, comenzó a trabajar en minería. Llegar a una faena en pleno desierto significó experimentar la distancia de la ciudad, de sus hijos y de la vida cotidiana. El sistema de turnos fue exigente y la soledad llegó a afectarla profundamente. En ese escenario, los vínculos con sus compañeros se volvieron fundamentales. Allí comprendió que la vida en un territorio extremo también se sostiene en la comunidad, en quienes acompañan y esperan desde lejos.
Su mirada sobre el desierto también cambió. Lo que inicialmente parecía seco e inhóspito comenzó a revelarse lleno de matices, texturas y colores. Los verdes, turquesas, ocres y tonalidades minerales presentes en rocas extraídas desde la profundidad quedaron registrados en su memoria. “No estaba simplemente recordando un paisaje. Ese territorio había quedado en mí”, explica.

PANDEMIA

La pintura reapareció durante la pandemia. Alejada temporalmente de la faena y trabajando desde casa, volvió a sacar pinceles y materiales que llevaba tiempo guardando. Comenzó de manera intuitiva, sin pensar todavía en una trayectoria artística. Los colores, sin embargo, la condujeron nuevamente al desierto. Así nació un lenguaje abstracto que no pretende reproducir una postal, sino explorar aquello que permanece oculto: vetas, minerales, recorridos de agua, oxidaciones, presiones, memoria y huellas humanas.

Ese universo tomó forma en Tesoros Minerales. Sus obras se construyen lentamente mediante capas, un procedimiento que Andrea relaciona con la propia experiencia humana. “Como personas también somos una acumulación de experiencias”, señala.

Cada estrato modifica al anterior sin necesariamente borrarlo, del mismo modo en que recuerdos, ausencias, cuidados y transformaciones permanecen en nosotros.

En sus pinturas, las figuras humanas aparecen insinuadas, integradas a la materia. Son quienes habitan, recorren y trabajan en el norte, personas atravesadas por jornadas exigentes, distancias y responsabilidades familiares. Desde allí, la idea de tesoro adquiere otra dimensión: “Los verdaderos tesoros no son únicamente los minerales que permanecen bajo la tierra, sino también las personas, las familias y los vínculos que hacen posible la vida en ese territorio”.

Esa dimensión íntima también atraviesa títulos como Lo que sostiene, Lo que nos hizo crecer, Antes de partir o Sostener para soltar. Entre ellas, Lo que sostiene ocupa un lugar especialmente personal. Las figuras surgieron espontáneamente desde la mancha y la conectaron con una etapa en que debió hacerse cargo sola de sus dos hijos pequeños. La experiencia individual, sin embargo, se abre hacia una realidad compartida por muchas madres y padres que han enfrentado la crianza en solitario.

AUTODIDACTA

Andrea no entiende su camino como un abandono de la minería para dedicarse al arte. Ambos mundos siguen conviviendo. Actualmente trabaja en el área de Medio Ambiente de una compañía minera, vinculada a gestión regulatoria y permisos, mientras reserva principalmente los fines de semana para pintar. Más que una ruptura, define este proceso como “el descubrimiento de una parte de mí que siempre estuvo presente”.

La selección de Tesoros Minerales en la Convocatoria de Artes Visuales 2026 y su exhibición en San Pedro de Atacama significaron un reconocimiento muy importante para una artista autodidacta. Ver sus obras atravesar el desierto para regresar al territorio del que nacieron sus colores y preguntas tuvo, para ella, el sentido de un regreso a casa.

Hoy Andrea quiere seguir pintando, desarrollar una nueva serie y profundizar en aquello que no siempre puede verse a simple vista. También espera continuar exponiendo y encontrando nuevos espacios de diálogo. Su deseo es que, frente a sus obras, cada persona pueda detenerse y preguntarse por aquello que la sostiene, por quienes han dejado huella en su vida y por el valor de lo que permanece invisible.

“Para mí, pintar edifica el alma”, afirma. Y en esa frase parece concentrarse una trayectoria que no comenzó con una ruptura, sino con una revelación: descubrir que algunas transformaciones llevan años creciendo bajo la superficie antes de hacerse visibles.

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