Hay caminos que no se buscan; se revelan. Hay territorios que no se eligen; te reconocen primero. Y el desierto de Atacama no fue el destino original de esta artista argentina, pero se transformó en su punto de encuentro con la identidad, la memoria y el oficio. Desde aquí, su trabajo en grabado dialoga con la historia, la tierra y una cultura que sigue viva en sus manos.
Desde Argentina y luego al puerto de Valparaíso. ¿Cómo llegaste a San Pedro de Atacama y qué fue lo que te conectó con este territorio?
Llegué a San Pedro buscando cruzar hacia el Valle Calchaquí, en Salta, territorio de mis abuelos, donde quería vivir para aprender más de mi cultura y mis raíces. Pero la pandemia cerró la frontera y tuve que detener mis planes. En ese momento entendí que este desierto tenía algo que entregarme. Cuando acepté su pausa y la generosidad, me conecté profundamente con él. Todo lo que había planificado para aprender allá, el desierto me lo estaba ofreciendo aquí.

¿Cómo nació tu interés por el grabado y qué te cautivó de esta técnica?
El grabado llegó a mí a los 18 años, y fue amor a primera vista. Terminé la secundaria y decidí estudiar arte. En mi primera xilografía, donde dibujé a mi mamá alejándose, descubrí la potencia de esta técnica. Me cautiva que materiales rígidos como el metal o la madera puedan transformarse en imágenes sensibles. También disfruto la repetición, el orden y la pulcritud que exige. El grabado necesita estructura y una parte racional que me encanta explorar.
Tal como tú dices, el grabado implica paciencia, repetición y precisión. ¿Qué te enseña ese ritmo de trabajo sobre ti misma y sobre el acto de crear?
Descubrí que esas características están presentes en el arte precolombino, en los oficios de campo y en la vida comunitaria. Me reconocí en ese rol: si hubiese vivido en una comunidad tradicional del pasado, seguramente sería parte de quienes tejen o hacen alfarería. Por eso hoy, también estoy aprendiendo cerámica tradicional; siento que este quehacer manual está ligado a una memoria más antigua que vive en mí.
En un mundo digital, ¿cuál crees tú que es la importancia de mantener viva una técnica tan artesanal y física como el grabado?
Definitivamente, el grabado nos conecta con el cuerpo. Mientras más conscientes seamos de lo que nuestras manos pueden crear sin depender de lo digital, más conectados estamos con nuestro entorno. Concretar objetos físicos valida nuestra creatividad y nos mantiene ligados a lo real. Ese puente con lo tangible nos recuerda que estamos vivos.
¿Cómo imaginas la evolución del arte en el desierto de Atacama, donde tradición y contemporaneidad conviven tan de cerca?
Creo que debemos mirar hacia la raíz. Recuperar la unión entre arte, artesanía y oficios, como ocurría antes, donde crear tenía sentido comunitario. Si lo que hacemos es útil, bello y validado por quienes nos rodean, encontraremos una identidad artística más plena. El arte en territorios como este puede reconectar a las personas con su origen y su propósito creativo.
Si pudieras definir tu trayectoria en una palabra, ¿cuál sería y por qué?
La palabra con la que puedo definir esta trayectoria es la “Baguala”. La baguala, la vidala y la copla acompañan la vida en los territorios andinos. Son cantos que viajan con el caminar y lo cotidiano. Para mí, el arte y la vida son inseparables, como estas expresiones que participan en la ritualidad y en lo diario. Así ha sido mi camino: un recorrido continuo donde mi identidad y mi arte se manifiestan al mismo tiempo.







