El ballet clásico es una disciplina que exige rigor, sensibilidad y una profunda vocación artística. En esta entrevista para Revista Ckuri, los bailarines José Ferrán y Melissa Fuenzalida comparten sus experiencias, motivaciones y visiones sobre la danza, reflexionando sobre el camino que los llevó al escenario y el rol que el ballet cumple hoy en la vida cultural de la región.
Para José Ferrán, su vínculo con el ballet nació en la infancia. Recuerda con claridad el momento que despertó su fascinación por la danza: “Tenía entre seis y siete años cuando me llevaron al teatro a ver Don Quijote. Quedé cautivado, especialmente por la interpretación masculina. El personaje de Basilio me atrapó; ver lo que hacían los bailarines fue algo que me marcó profundamente”. Aquella experiencia temprana se transformó en una vocación. Crecido en Cuba, un país con una sólida tradición en el ballet clásico, Ferrán explica que la cultura de la danza estaba presente en todos los ámbitos de la vida: “Se vive y se respira ballet desde la mañana hasta la noche. Esa atmósfera mágica potenció mi decisión de dedicarme profesionalmente a esto”.
En el caso de Melissa Fuenzalida, su camino hacia la danza también comenzó a temprana edad, rodeada de música clásica, elegancia y disciplina. A los ocho años decidió ingresar a la escuela del Teatro Municipal de Santiago, motivada por el apoyo de su familia y por una profunda conexión personal con el arte. “El ballet forma parte de quién soy. Me hace sentir libre, fuerte y auténtica. Es mi vocación y vivo de lo que amo”, afirma.
Ambos coinciden en que la inspiración artística surge tanto de referentes como de experiencias personales. Ferrán reconoce como una de sus mayores influencias al bailarín cubano Osiel Gouneo, oriundo de su misma ciudad, cuya trayectoria internacional ha sido un referente constante. Fuenzalida, en cambio, destaca el apoyo de sus padres y el valor del esfuerzo cotidiano: “Ver el sacrificio, la disciplina y el amor que requiere este arte ha sido una motivación permanente”.
La carrera del bailarín, sin embargo, está marcada por desafíos constantes, mientras Fuenzalida señala que uno de los mayores retos ha sido superar las propias limitaciones físicas y emocionales en una disciplina extremadamente exigente. “Hay que aprender a manejar la frustración y encontrar motivación incluso en los días difíciles”. Ferrán, por su parte, recuerda cómo con el paso de los años aprendió a transformar los nervios iniciales en una sensación de serenidad antes de salir al escenario: “Hoy, antes de bailar, me siento tranquilo. Es como estar en casa”.
En escena, ambos buscan algo más que la perfección técnica. Ferrán explica que, aunque el ballet clásico posee personajes definidos, cada intérprete tiene la libertad de aportar su propio sello: “Todos hacemos los mismos pasos, pero cada bailarín tiene una forma particular de moverse. Yo intento transmitir la pasión y lo que siento en cada interpretación”. Para Fuenzalida, el objetivo es generar una conexión emocional con el público: “Quiero que se sientan transportados a la historia, que conecten con la música y con la energía que entrego en cada movimiento”.
Respecto al desarrollo del ballet en la región, los dos artistas observan un crecimiento sostenido. Ferrán considera que la disciplina “ha ido en aumento y se ha enriquecido con el tiempo”, mientras que Fuenzalida destaca la aparición de nuevas academias, compañías y espacios para la danza, así como oportunidades de formación, becas e intercambios para las nuevas generaciones.
Entre sus recuerdos más significativos sobre el escenario, Ferrán menciona una presentación titulada Las Cuatro Estaciones durante su formación en Cuba, experiencia que marcó un punto de inflexión en su desarrollo técnico e interpretativo. Fuenzalida, en cambio, guarda un lugar especial para Signos de la Pampa, una obra inspirada en la historia salitrera del norte de Chile. “Fue muy importante para mí porque conectaba directamente con nuestra identidad regional”, señala.
Mirando hacia el futuro, ambos artistas comparten un deseo común: continuar creciendo en la danza y contribuir a su desarrollo. Ferrán aspira a construir una carrera longeva que le permita seguir transmitiendo su pasión por el ballet. Fuenzalida sueña con impulsar un elenco regional que refleje la identidad cultural del norte y lleve al escenario historias propias del territorio.
A los jóvenes que desean dedicarse a la danza, el mensaje de ambos es claro: el ballet exige disciplina, perseverancia y sacrificio, pero ofrece una recompensa profundamente significativa. “Cada gota de sudor construye la elegancia que se verá en el escenario”, resume José Ferrán.
Para ellos, la danza es también un lenguaje que conecta comunidades y transmite valores. Si tuvieran que definirla en una palabra, Ferrán no duda: “liberación”. Fuenzalida, en cambio, la describe como “dedicación”, una síntesis del esfuerzo y la pasión que dan vida a cada movimiento sobre el escenario.