A mediados de enero, el programa ISLA de la Bienal SACO dio la bienvenida a la fotógrafa austríaca Nicole Weniger, cuya investigación artística se centra en el paisaje, la industrialización y los asentamientos humanos en territorios extremos.
Durante su residencia en Antofagasta visitó espacios emblemáticos como Bosque Escondido, proyecto comunitario de recuperación de áreas verdes; las Ruinas de Huanchaca; y el Jardín Botánico de Aguas Antofagasta. Esta no era su primera aproximación al norte de Chile. El año anterior había participado en una residencia en San Pedro de Atacama, experiencia que despertó en ella la inquietud por explorar otras dimensiones del desierto. “Sentí la necesidad de ver otra cara del desierto”, explicó.
Durante su estada también visitó Chuquicamata, recorrió María Elena y Tocopilla, y sostuvo un encuentro con Gladys Hayashida y parte del equipo de C-TyS de la Universidad de Antofagasta, interesándose por las investigaciones sobre microorganismos del desierto y los llamados mapas microbianos.

PAISAJES
Para Weniger, la relación con el paisaje comenzó desde muy temprano. Creció en los Alpes austriacos, un entorno que marcó profundamente su sensibilidad visual. “Cuando creces en las montañas, no puedes evitar las montañas”, comenta.
Ese entorno natural fue una influencia constante en su vida, aunque sólo más tarde, durante sus estudios de arte en Viena, comprendió que el paisaje podía convertirse en un eje conceptual de su trabajo. Desde entonces lo ha abordado como un lugar de proyección emocional, de memoria y también de interrogación política: ¿qué actitud interior proyectamos sobre nuestro entorno?, ¿de qué manera el paisaje refleja las transformaciones de una sociedad?
La fotografía llegó a su vida de manera igualmente temprana. Su abuelo tenía un cuarto oscuro en el sótano de la casa familiar y su padre también practicaba la fotografía, por lo que las cámaras siempre formaron parte de su paisaje cotidiano. Durante sus años de formación artística realizó performances en el espacio urbano, pero con el tiempo descubrió que lo que realmente le interesaba era la imagen resultante de esas acciones.
PROYECTOS
Su regreso al desierto de Atacama estuvo motivado por dos proyectos artísticos que comenzó a desarrollar tras su primera residencia en la zona: Calvin Klein y Desire. En esta última serie trabaja con formas de lenguas modeladas en arcilla extraída de un lecho seco de río, cocidas con excremento de alpaca y cubiertas con baba para evitar su desecación. En paralelo, su interés por la economía del deseo la llevó a Iquique, donde fotografió restos de ropa quemada abandonados en el desierto. “Los vestigios de estas prendas quedan sobre la arena como artefactos, impresos en la tierra casi como fósiles”, explica. A partir de estas imágenes, comenzó también a investigar las relaciones entre economía, minería y territorio, particularmente en torno al litio y la historia extractiva de Chile.
Uno de los momentos más significativos de su viaje fue el contraste entre María Elena y la ciudad fantasma de Pedro de Valdivia. Pasar de un campamento aún habitado a un espacio abandonado generó en ella una sensación inquietante, casi cinematográfica. “Cuando no hay personas, todo parece un escenario”, señala.
En Antofagasta, sin embargo, también encontró una belleza particular en la vida cotidiana de la ciudad. Destaca la luz del atardecer, cuando el sol se oculta sobre el océano y las montañas del fondo se tiñen de un intenso color naranja. También le llamó la atención la presencia de antiguas estructuras industriales —como las grúas del borde costero— integradas al paisaje urbano, elementos que, según ella, aportan un inesperado “romanticismo industrial” a la ciudad.
Para la artista, el desierto de Atacama posee una singularidad difícil de encontrar en otros lugares del mundo. Al ser el desierto más seco del planeta, casi nada se borra. Los rastros permanecen: geoglifos, ruinas, caminos y vestigios humanos que el tiempo conserva sobre la superficie. “El desierto recuerda todo”, dice, citando una frase que escuchó durante su estadía en la Bienal SACO.
Su experiencia en la región fue, según afirma, profundamente inspiradora. “Es un lugar hermoso, conocí a personas maravillosas y definitivamente quiero volver”, concluye. Y entre risas añade un detalle que también forma parte de su memoria del viaje: durante su estancia perdió su cuaderno de bocetos en el taxibús 107 de Antofagasta. “Si alguien lo encuentra, estaré muy feliz de recuperarlo”.