Sueños en papel

Por: Iris González Gamboa
Fotografía: Alín Terraza Orquera

Han pasado ya siete años desde que Alejandro Terraza González, calameño de nacimiento y antofagastino por adopción, dio el gran salto: dejó todo atrás para abrazar su sueño de dedicarse a las letras.

“La universidad la pagué con mi esfuerzo y llevando una familia a cuestas. Trabajé de minero alrededor de 21 años. Antes lo hice en una cementera, después en una fundición de cobre ubicada en la salida de Antofagasta”, recuerda.

Ya con dos novelas escritas en 2015, hizo clases por años, “hasta que un buen día dejé todo para dedicarme cien por ciento al oficio de escribir. Decidí luchar por mis sueños”. Todo ello lo relata en “A volar todos”, una obra inédita que se suma a “Lia, un suspiro de medio siglo”, publicado el 2017 en los 50 años del Liceo Industrial de Antofagasta, donde cursó su enseñanza media.

¿Cómo y en qué momento de su vida descubrió su pasión?

Hace años me compré una guitarra, para darle vida a esos tiempos terribles en que uno cae manoteando sin poder agarrarse de nada. Después de las faenas, fumaba y conversaba con mis compañeros en la noche, pero los inviernos mineros, se los encargo. Así que con la guitarra, que cada vez se ponía más rebelde, escribía canciones al estilo música ligera. Fue ahí, por el 2012, que supe ya a ciencia cierta que escribir se me hacía mucho más fácil que torcer los dedos para formar un acorde, de modo que dejé la guitarra y seguí con el bolígrafo…así nacieron varios cuentos que jamás publicaré, debido al amor propio.

Luego vendría “¿Cuántas veces puede morir un hombre?”, la primera novela que- dice – escribió con lo que define como ciertas ínfulas. Ello, hasta que se la pasó “a un amigo lector. ‘No está mal’, me dijo devolviéndome la impresión. La reescribí al menos cinco veces hasta que él y otro lector coincidieron en el meneo de cabeza y la sonrisa. ‘Debes publicarla’, me dijeron. No lo hice, la guardé en un cajón del mueble de mi habitación en el campamento de la mina. Escribí otra, ‘¡Buen viaje!’, esa tuvo una aprobación inmediata por varias personas que la leyeron. También fue a dar al mismo cajón, sobre la primera, para juntar polvo hasta el 2016”.

Terraza cuenta que fue entonces cuando ser ingeniero quedó ahí.

“¿Cuántas veces puede morir un hombre?, fue la segunda en publicarse. “Esta novela gustó tanto que pasó a una segunda edición, y está ad portas de ser publicada en México y Cuba. En Chile, de inmediato el Consejo Nacional del Libro y la Lectura la seleccionó para la adquisición de ejemplares para las bibliotecas públicas. No podía creer que hasta hacía poco yo estaba entre las máquinas dentro de una minera, y de pronto la literatura (que me salvó del tedio de las terribles soledades) ahora me regalaba estas cosas”, asegura.

El escritor se considera “garciamarquiano”. “Es decir, amo el tratamiento que Gabriel García Márquez le dio al realismo mágico heredado tanto del mexicano Juan Rulfo, como de William Faulkner por el lado gringo. (…) Ahora, yo practico el realismo social, con pizca de poesía, que es «el elemento añadido», como dice Mario Vargas Llosa; o ese qué sé yo fundamental para que una historia tenga sabor, olor, color y textura, que duelan los dientes al leer una frase en donde chirrían los rieles, o nos peguemos en el marco de la puerta si la línea está escrita con sombras que no dejan ver. Realismo social, ese sería mi estilo, creo”, describe.

¿Hay entre sus obras una conexión?

“Es inevitable que un escritor pueda separarse de su obra, “pues eso las une a todas, aunque se quiera escapar buscando artilugios técnicos, es imposible. Uno termina perteneciéndoles. Más conciso, yo escribo en el desierto. Todas mis novelas tienen arena, piedrecillas, esquirlas de sol y espuma de mar. Mis personajes son gente común que debe sortear la existencia con lo que tiene; eso sí, todos le ponen ñeque para ganarle el gallito a la vida tan agraz que se hace en el desierto, que a veces parece ser un gran teatro de la desesperanza. Pero como dije, ellos se las arreglan para hacer dulce cada día”.

Hoy tiene lista para su publicación la novela “Sucedió en París” y siente que un escritor debe tratar de ser lo más versátil posible. “Por ejemplo, yo tengo mucha poesía, cuentos cortísimos, breverías, pensamientos. Así he ido conformando, desde el 2012, un libro, que no sé si algún día vea la luz, bajo el título ‘Los poetas ya no usan sombrero’. Desde el 2024 y ahora mismo, termino de escribir una tetralogía, las otras tres partes faltantes de la novela ‘¡Buen viaje!’, titulada así en Chile, y ‘El futuro va quedando atrás’ en las ediciones de España, Argentina y Cuba. Entonces, si miramos bien, acá hay un tema que me reclamó tres novelas más. La tetralogía tendrá en nombre ‘Desierto grande’. Tengo escrita una novelita corta, de cincuenta o sesenta páginas, ‘Lobos de Urbe’, inédita. Entre poesía, cuentos, novela negra y de realismo social, hay un poco de versatilidad”, sostiene.

Alejandro asegura que lo suyo es escribir compulsivamente. “En estos siete años no he parado un solo día de escribir. Con esto de no parar un solo día, no exagero, pues a veces enciendo el computador sólo para poner o borrar una palabra o un punto”.

Hay más proyectos, anuncia. “Lo que más hago es escribir. En realidad, es lo único que hago”.

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