Pedro Ignacio Baeza Santelices observa la orquesta como un entrenador antes del inicio de un partido. Desde el atril anticipa entradas, regula silencios y organiza el diálogo entre cuerdas, vientos y percusión. En su gesto hay estrategia, intuición y conciencia del conjunto: cada decisión puede alterar el resultado final. Para él, dirigir es preparar a un equipo que no compite contra otro, sino contra la propia exigencia de la música.
Nacido y criado en Antofagasta, creció en un entorno donde la música era parte de la vida cotidiana. Sus padres, ambos integrantes de la Orquesta Sinfónica de Antofagasta, y sus abuelos —compositores y directores— conformaron un ambiente doméstico marcado por la disciplina, el estudio y la creación. En ese hogar, la música no era un privilegio, sino una forma natural de habitar el mundo.
Su vínculo con el cello comenzó de manera fortuita. Tras un breve y fallido intento con el violín, ingresó al instrumento casi por accidente cuando su hermana menor se negó a asistir a su primera clase. “Para no perder la hora, entra tú”, le dijo su madre. Aquella decisión doméstica terminó definiendo un camino de vida. Lo que empezó como una obligación circunstancial, se transformó en vocación sostenida por el tiempo y el trabajo.
Durante la adolescencia ya participaba en concursos nacionales y encuentros profesionales. En 2002 ingresó a la Orquesta Sinfónica de Antofagasta, cuando muchos aún definían su futuro académico. Desde entonces, cada ensayo fue una prueba y cada concierto una instancia decisiva de formación.
Para Pedro, la música es ante todo gratitud. Ha sido la herramienta que le permitió sostener a su familia, criar a sus hijos y construir una vida profesional íntegra. Más que un oficio, ha sido hogar y sustento. Desde sus primeras experiencias en el Liceo Experimental Artístico, bajo la guía de Alejandra Ortiz de Zárate, hasta escenarios internacionales en Suiza y Argentina —y proyecciones futuras en Brasil—, su trayectoria se expande sin perder el anclaje local.
Sin buscarlo, se ha convertido también en un referente para nuevas audiencias. Utiliza plataformas digitales para acercar la música clásica a públicos amplios, convencido de que debe habitar los espacios contemporáneos de circulación cultural. Para él, democratizar la experiencia sinfónica implica retirar la música del pedestal y devolverla al ámbito de la celebración y la conversación cotidiana.
Fuera del escenario, su identidad se completa con otras pasiones. El fútbol ocupa un lugar central: jugó en divisiones formativas y conserva una memoria detallada de los mundiales. La cocina, en particular el asado, se convirtió en otra forma de estudio y disciplina tras la muerte de su padre, quien era el encargado tradicional de la parrilla familiar. Para Pedro, tanto en la música como en la cocina, el resultado depende del conocimiento, la paciencia y el respeto por los tiempos.
El interés por la dirección orquestal surgió temprano, aunque no de inmediato como vocación consciente. De niño, en casa de su abuelo materno, tomó por primera vez una partitura de director: la Sinfonía N.º 40 de Mozart. No comprendía aún su complejidad, pero intuía que allí convivían todas las voces. Esa experiencia temprana afinó una sensibilidad que más tarde encontraría cauce.
En 2016 debutó como director en un proyecto de cámara de la Corporación Cultural de Antofagasta y ese mismo año dirigió a la Orquesta Sinfónica en Carmina Burana. Desde entonces, se sucedieron cursos de perfeccionamiento, viajes e invitaciones. Para él, dirigir equivale a entrenar: estudiar la partitura como rival, conocer a los músicos como jugadores, gestionar liderazgos y comprender la dimensión humana de una orquesta, uno de los colectivos artísticos más complejos que trabajan simultáneamente.
Mirando hacia el futuro, aspira a continuar su formación, ampliar su experiencia internacional y fortalecer el desarrollo artístico de la Orquesta Sinfónica de Antofagasta. Entre la familia, la cocina, el fútbol y la música, Pedro Baeza articula múltiples equipos. Con la batuta en alto, sigue leyendo la partitura como quien diseña una jugada decisiva, devolviéndole a su ciudad aquello que la música —esa casualidad de infancia— le entregó para siempre.