Pasajero de las melodías andinas

Fotografías cedidas por:

Patricio vega Contreras

Voz fuerte y hablar pausado. Cada palabra está ahí para ser clara y sonora, sobre todo a la hora de explicar su pasión por el mundo andino y de su otro gran amor que lo ha acompañado durante casi toda su vida: la música.

La descripción corresponde a Sergio Cerda Molina (68 años, Santiago), un ingeniero industrial que impresiona por su capacidad artística, tanto al describir con paciente sabiduría la cosmovisión de los pueblos andinos del Norte Grande como por su dominio e interpretación de una decena de instrumentos. Su privilegiado oído musical prácticamente le permite tocar de todo y ahora su nuevo desafío es ser amigo del acordeón.

En un reconocimiento a su aporte en el plano artístico, la Sociedad del Derecho de Autor (SDA) lo distinguió en 2022 por sus 50 años de trayectoria en una ceremonia donde estuvieron presentes diversos músicos, ocasión en que recibió una medalla conmemorativa resaltando esta especial fecha.

Ahora que está oficialmente jubilado, gran parte de su tiempo lo dedica a viajar a diversos carnavales en Chile y el extranjero, además de ser un asiduo visitante a fiestas religiosas y ceremonias de diferentes santos y patronos en la zona precordillerana. A ello se suma su cada vez más próspero emprendimiento en la elaboración de instrumentos, una actividad que empezó casi en forma anecdótica.

Su transitar musical pasa por una serie de agrupaciones, partiendo por Wankara, luego Punahue y su actual grupo Los jilatas de Collasuyo, entre otros, siempre ligado a los ritmos andinos y haciendo una fusión de la rica tradición sustentada en el respeto a la Pachamama. Otro dato: por 34 años fue caminante a Ayquina (por el antiguo camino de Chuquicamata), con más de alguna entretenida aventura de por medio.

COSMOVISIÓN

¿Qué significa para usted la cultura andina y cómo observa su cosmovisión?

Es una cultura que tiene valores muy profundos y que está relacionada con el buen vivir (no con el vivir bien, aclara) y eso tiene que ver con la armonía que uno tiene con el Universo y la Madre Tierra, con la naturaleza y de cómo uno se relaciona con las personas. Mi primer acercamiento con el mundo andino fue cuando trabajé dos años en Toconao para una empresa norteamericana y luego en otros pueblos, ahí me fui compenetrando de la cultura atacameña.

¿Cómo nació esta pasión por la música y cuál fue el primer instrumento que aprendió a tocar?

Nació de un viaje a Arica que realicé junto a mi padre. Ahí me compré mi primera quena y ahí estuve todo un verano tratando de hacerla sonar, hasta que lo logré. Una vez que ya estudiaba en la Universidad Técnica del Estado, ingresé a un grupo. En este periodo, sólo conocía la música, aún no entraba propiamente tal en la parte cultural. Posteriormente, comencé a especializarme en la guitarra y el charango, para después ingresar a Wankara y luego ser parte del grupo Supay, que acompañó el ballet de pacariscas de Nelly Lemus, para después formar Amaru.

¿Cuántos instrumentos sabe tocar?

La verdad es que no sabría decir cuántos, pero son varios. Todo lo que aprendí fue con instrumentos prestados y eso también provocó una necesidad. He pasado por muchos instrumentos, desde los de viento, cuerdas hasta las cajas.

¿Y cuál es su preferido?

Esto ha ido evolucionando con el tiempo. Partí con la guitarra, después estuve con el charango y ahora estoy en la cosa media subterránea, es decir, dando valor a instrumentos que ahora se usan poco como el lichiguayo (especie de quenacho), que se utiliza principalmente en las Fiestas de las Cruces de Mayo. Al interior de Huara, se toca mucho y es una reminiscencia muy importante para los más antiguos.
No podría definirme por uno, me gustan todos los instrumentos por sus melodías.

TRAYECTORIA

¿Cómo recuerda su época en Punahue y qué hecho marcó su permanencia en esta histórica agrupación antofagastina?

Entré acompañando en Punahue y esa estada se prolongó por 23 años. Cada uno tocaba de todo y eso mismo nos llevó a elaborar nuestros propios instrumentos, porque en ese tiempo no era tan fácil conseguirlos como ahora. Plasmamos nuestras creaciones en varios CDs y eso nos permitió viajar por diferentes partes del mundo, como Colombia, Cuba, Rusia, Francia, Perú y Argentina.
Fue una época muy provechosa porque pudimos contemplar las distintas visiones de los integrantes. Un hecho destacado fue “Mano y Máscaras”, una obra musical.

¿Y su salida del grupo?

Creo que llegó un momento en que las visiones no se amalgamaron. Con el paso de los años, algunos de nosotros queríamos hacer innovaciones, tanto en la música como en los textos. También hubo un desgaste natural, cuya crisis terminó con la salida de tres integrantes (incluido él), para luego fundar Ajsaya.

¿Cómo surgió este arte de hacer instrumentos?

Es una necesidad que la había dejado de lado y que hacía esporádicamente. Pero este año un amigo músico me contactó porque venía Inti Illimani Histórico a Antofagasta y necesitaba una zampoña para tocar el tema Altura, con una fa en este instrumento. Me preguntaron si tenía y le mandé dos para que probaran y finalmente José Seves me compró una. Y este amigo que vino, quien sirvió de enlace, subió una foto a su estado de Whatsapp y al otro día llegó un montón de folcloristas para que les hiciera revisión y afinara sus instrumentos. Ahora estoy dedicado casi 100% a esto.

¿Cuál sería tu autodefinición como músico?

(Piensa por varios segundos)… Me definiría como un curioso de la música, ésa sería la mejor definición.

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