Burros cimarrones: el pasado anda suelto

Fotografías cedidas por:

Javier Carmona Yost

En el pasado, cargó minerales, leña, sal y personas. Hoy cruza carreteras, derriba cercos y deambula entre quebradas, caminos, caletas y poblados del interior de la región. Para quien conduce en la carretera, es un peligro. Para quien cultiva, una amenaza. Para los municipios, un problema sin dueño. Para el Estado, una especie exótica invasora.

Pero el burro feral de Atacama es mucho más. No es solamente un animal a la deriva, sino un archivo viviente de la historia regional.

Llegó junto con caballos, mulas, trigo, alfalfa y otras especies introducidas por el aparato colonial. Sin animales de carga, el desarrollo de este régimen habría sido imposible. Había que transportar alimentos, agua, armas, personas, herramientas y minerales por malos pasos entre cordillera, desierto y mar. Cada cuerpo animal funcionó como una máquina viva y desechable al servicio del orden hispano.

A lo largo del tiempo, el burro ocupó un lugar discreto, pero decisivo. De su cruce con la yegua nacía la mula, protagonista de los circuitos mercantiles entre Potosí, Cobija, Salta y los oasis del desierto. Sin burros no había mulas; sin mulas, el engranaje minero se trancaba. Durante la colonia y el período republicano, estos animales fueron repartidos forzosamente a los indígenas, estableciendo deudas que sólo se saldaban con trabajo, tributo y la adopción de una nueva partida una vez que la anterior desfallecía en miserables condiciones de trabajo.

MINERAS

Con el tiempo, el animal también se volvió parte de la vida cotidiana de las comunidades. Mientras la mula recorría largas distancias y trabajaba ininterrumpidamente en las faenas mineras, el burro cargaba leña, agua, forraje, frutas, verduras y enseres. Así lo dejó entrever el ingeniero y cartógrafo Alejandro Bertrand a fines del siglo XIX, cuando subrayó su masividad entre los arrieros atacameños que abastecían a Caracoles y las salitreras del desierto.

La llegada del ferrocarril, los camiones y los automóviles no produjo un reemplazo automático. Durante décadas, animales y máquinas compartieron labores. El geógrafo estadounidense William Rudolph, quien a mediados del siglo XX escribió sobre el desvanecimiento de los antiguos senderos de Atacama, también dio cuenta de que las carretas tiradas por animales eran el medio de transporte más común entre los caminos arenosos que poco sabían de asfalto y modernización vial. Del mismo modo, lo hizo la arqueóloga Grete Mostny y su equipo, cuando describieron que burros y mulas comunicaban poblados de la puna con ramales y estaciones del ferrocarril entre Antofagasta y Salta.

El mundo que acogía al burro y sus labores no desapareció súbitamente, sino progresivamente. El trueque transcordillerano se criminalizó con la militarización fronteriza, se abandonaron estancias, decayó la agricultura y muchas familias migraron a la ciudad.

Los animales dejaron de ser laceados, cargados y conducidos. Algunos fueron capturados en rodeos y sacrificados. Otros quedaron sueltos y se reprodujeron en quebradas, cerros y salares. Así comenzó un proceso de feralización no como un regreso a la naturaleza, sino como jubilación a raíz de la pérdida de función.
Hoy las manadas de burros bajan a los oasis, empujan cercos y devoran cultivos. Su irrupción se traduce en daños, accidentes y conflictos. El antiguo compañero de trabajo se transformó en presencia indeseada, fantasmagórica y controversial. Pero llamarlo plaga borra demasiado. No es fauna nativa, pero tampoco es un intruso reciente. No es ganado, pues no le interesa ser propiedad de nadie. No es una pieza museable, ya que respira, se reproduce y arranca.

Los burros ferales de Atacama son un vestigio vivo difícil de catalogar. Nos recuerdan que pasado y presente se entremezclan, adoptando incluso una forma animal, que anda suelta por el desierto.

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