El viaje de un artista hacia sus raíces

Por: Paula Meza Brito
Fotografía: Víctor Manuel Pérez Reyes

Con tan sólo 26 años, Víctor Manuel Pérez Reyes ha tejido una propuesta musical que cruza las fronteras del pop, indie y rock. Con temas como “La belleza de tu cuerpo”, “Ayelet”, “8 de Julio” y “Sal y Cobre”, su música no sólo resuena con ritmos cautivadores, sino que también lleva consigo las historias y raíces de su tierra natal: el desierto de Atacama. Criado entre la energía urbana de Iquique y la calma ancestral de San Pedro de Atacama, su viaje musical está profundamente marcado por paisajes, tradiciones y un legado cultural que ahora transforma en canciones llenas de identidad y emoción

¿Podrías contarnos un poco sobre tu infancia en el desierto de Atacama?

Mi infancia está marcada por la conexión profunda con dos mundos: el urbano de Iquique y el rural de San Pedro de Atacama. Nací en Iquique, donde mi madre, oriunda de San Pedro, estudió y conoció a mi padre, aymara y orgulloso de sus raíces. Aunque crecí en la ciudad, cada verano lo pasaba en San Pedro, rodeado de paisajes mágicos, tradiciones familiares y una tranquilidad que contrasta con la vida urbana. Ambos mundos influyeron en mi identidad.

¿En qué momento supiste que querías dedicarte a la música?

La música y el arte han sido pilares en mi vida, marcados profundamente por mi familia. Aunque mis padres no fueron músicos, me inculcaron inconscientemente el amor por ella. Crecí escuchando a Los Prisioneros en un cassette que mi papá atesoraba. Además, mi abuelo materno tocaba el acordeón en los carnavales de San Pedro, y el paterno; la trompeta en las bandas de La Tirana. Ese “bichito musical” que salta generaciones llegó hasta mí, impulsándome a explorar la música y a encontrar en ella una forma de expresión.

¿Estudiaste música o fuiste desarrollando tu talento de manera autodidacta?

Mi primera guitarra cambió mi vida. Aprendí mis primeros acordes en la parroquia de San Pedro y, más tarde, descubrí la música andina durante la enseñanza media, cuando mi papá me regaló un charango. Paralelamente, descubrí mi vocación docente al estudiar Pedagogía en Matemáticas, aunque nunca dejé de escribir canciones y explorar la composición. Más adelante, estudié música en Santiago y a pesar de no terminar la carrera, esta experiencia reafirmó mi conexión con la música como una forma de expresión auténtica.

Al momento de componer, ¿cuáles son tus principales influencias musicales?

Crecí escuchando desde Los Prisioneros y Sandro hasta música andina y folclórica, cuyas letras cargadas de melancolía y desamor dejaron una huella profunda en mí. Esas historias de sufrimiento y pasión se convirtieron en una inspiración lírica constante. Soy introvertido, y mi forma de expresar emociones es a través de mis canciones, dejando que otros interpreten mis mensajes.

¿Qué significa para ti la cultura atacameña y cómo la has incorporado en tu carrera musical?

Ser atacameño implica una gran responsabilidad. Hablar del norte, de San Pedro de Atacama, es como hablar de mi hogar: imperfecto pero profundamente amado. Desde pequeño, aprendí a valorar mi tierra, un lugar rico en historia, cultura y magia, donde la protección y el orgullo por nuestras raíces son fundamentales. Cada canción lleva un mensaje, un pedazo de mi vida, esperando que otros encuentren en ella algo con lo que puedan conectar. Para mí, la música es honestidad: no puedo cantar de lo que no he vivido, pero cuando lo hago desde mi verdad, es mágico.

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